El agua, compuesta de hidrógeno y oxígeno, que puede encontrarse en tres estados diferentes (líquido, sólido y gaseoso), es también un potente símbolo mágico y esotérico.
Durante mucho tiempo estuvo considerada un elemento, y su composición no se descubrió hasta 1782-1783, con Cavendish y Lavoisier. Además de constituir uno de los componentes primordiales de las antíguas cosmogonías, representa el principio vital, entendido como medio de regeneración.
Para la alquimia el agua es un solvente que lleva a la putrefacción, que es la fase esencial del resurgimiento de la vida. Además, al disolver las sales y otras sustancias, las hace aptas para numerosos procesos alquímicos.
Según el pensamiento platónico, el agua, estructurada y formada por el demiurgo de los orígenes a través de veinte triángulos equiláteros (en total ocho ángulos sólidos), en la figura tridimensional del icosaedro, se sitúa en el tercer puesto en la serie de los cuatro elementos, detrás del fuego y el aire, y delante de la tierra.
Esta posición entre el aire y la tierra le corresponde en virtud del movimiento que le permite su estructura: el elemento más inmóvil y más fácil de plasmar es la tierra, que es el más sólido y se puede representar simbólicamente por un triángulo equilátero (cubo).